“Something there is that doesn’t love a wall” 

This is the first line from one of my all time favorite poems, The Mending Wall by Robert Frost. 

As human beings, we love to sort and sift. We build walls and boundaries to keep some in and others out. Adam started by naming the animals. Dog, cat, platypus, once a thing was named one thing, it was also walled off as not something else; as soon as a thing was named a dog, then it could no longer be lumped with the cats or the platypuses. It is built into us, this inward desire to name and categorize; rooted in our desire to be accepted and to know what makes us acceptable. However, when we sift and sort other human beings, “Are you a dog person or a cat person, or a platypus person?” We are not saying so much about others as we are about our own need to be wanted and accepted. This desire we have to be accepted, is built into us to help draw us to God, who loves and accepts us in all our brokenness and sin. Our heart is created restless so we can learn to let it rest in you, God, to paraphrase St. Augustine. 

We can see from today’s parable, this urge to decide who is in and who is out, isn’t a modern phenomena. Two thousand years ago, people wanted to know who was good and who wasn’t. Who was in the club and who was out. In the poetic language of Robert Frost, Who do we wall in and who do we wall out?

Jesus flips the whole question on its head. (We should know when we read a parable that we are about to have our worldview turned upside down. If a parable doesn’t challenge us, then we are probably missing the point.) 

We aren’t supposed to worry about who belongs and who doesn’t. The kingdom of heaven isn’t some far off place for someday if we are good enough. The kingdom of heaven starts here and now because Jesus is good and is more than enough to make up for our shortcomings. Jesus is really clear, our job isn’t to sift and sort, to wall in or wall out. Our job is to help build the kingdom of heaven here and now and the kingdom of heaven is for everyone. Just perhaps, our desire to build walls, to wall things in and wall things out, is a manifestation of our attempt to do God’s job instead of our own. He will sift and sort at the end of time. Our task is to build loving communities which work together for justice and peace. A good first step would be to stop seeing people in terms of labels and to ask God to help us to see with His eyes to the heart. Even in this, God doesn’t leave us on our own. We have the Sacrament of the Eucharist where we are transformed by Jesus from the inside out. Through this most intimate of communions with our God, we can see with His eyes and love with His heart. Then we can trust that when the real sorting comes later, we won’t need to worry about which side of the wall we will find ourselves. 

“Before I built a wall I’d ask to know

What I was walling in or walling out, 

and to whom I was like to give offense. 

Something there is that doesn’t love a wall.

That wants it down.” 

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“Hay algo que no hace amar a un muro”

Esta es la primera línea de uno de mis poemas más favoritos, The Mending Wall (La Pared de Reparación) de Robert Frost.

Como seres humanos, nos encanta clasificar y filtrar. Construimos muros y límites para mantener a unos dentro y a otros fuera. Adán comenzó nombrando a los animales. Perro, gato, ornitorrinco, una vez que una cosa fue nombrada una cosa, también fue bloqueada para que no fuera otra cosa; tan pronto como una cosa se llamaba perro, ya no podía agruparse con los gatos o los ornitorrincos. Este deseo interno de nombrar y categorizar está integrado en nosotros; arraigado en nuestro deseo de ser aceptados y de saber qué nos hace aceptables. Sin embargo, cuando filtramos y clasificamos a otros seres humanos, “¿A ti te gustan los perros o los gatos o los ornitorrincos?” No estamos hablando tanto de los demás como de nuestra propia necesidad de ser queridos y aceptados. Este deseo que tenemos de ser aceptados está integrado en nosotros para ayudarnos a acercarnos a Dios, quien nos ama y nos acepta a pesar de que somos quebrantados y pecadores. Como dice San Agustín, nuestro corazón fue creado inquieto para que aprendamos a dejarlo descansar en ti, Dios.

Podemos ver en la parábola de hoy, este impulso de decidir quién está dentro y quién está fuera, no es un fenómeno moderno. Hace dos mil años, la gente quería saber quién era bueno y quién no. Quién estaba en el club y quién estaba fuera. En el lenguaje poético de Robert Frost, ¿a quién encerramos dentro y a quién encerramos fuera?

Jesús le da la vuelta a la pregunta. (Debemos saber cuando leemos una parábola que estamos a punto de cambiar nuestra visión del mundo. Si una parábola no nos desafía, entonces lo más probable es que no hemos entendido el punto).

Se supone que no debemos preocuparnos por quién pertenece y quién no. El reino de los cielos no es un lugar lejano para algún día si somos lo suficientemente buenos. El reino de los cielos comienza aquí y ahora porque Jesús es bueno y es más que suficiente para suplir nuestras deficiencias. Jesús es muy claro, nuestro trabajo no es filtrar y clasificar, incluir o excluir. Nuestro trabajo es ayudar a construir el reino de los cielos aquí y ahora y el reino de los cielos es para todos. Tal vez, nuestro deseo de construir muros, de encerrar cosas adentro y de encerrar cosas afuera, demuestra como intentamos hacer el trabajo de Dios en lugar del nuestro. Él filtrará y clasificará al final de los tiempos. Nuestra tarea es construir comunidades amorosas que trabajen juntas por la justicia y la paz. Un buen primer paso sería dejar de ver a las personas en términos de etiquetas y pedirle a Dios que nos ayude a ver con Sus ojos, por el corazón. Incluso en esto, Dios no nos deja solos. Tenemos el Sacramento de la Eucaristía donde somos transformados por Jesús de adentro hacia afuera. A través de esta íntima comunión con nuestro Dios, podemos ver con Sus ojos y amar con Su corazón. Entonces podemos confiar en que cuando llegue la clasificación verdadera más tarde, no tendremos que preocuparnos por cual lado de la pared nos encontraremos.

“Antes de construir un muro, preguntaría para saber
Lo que estaba encerrando dentro o encerrando fuera,
y a quien quisiera ofender.
Hay algo que no hace amar a un muro.
Que lo quiere tumbar.

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Sheryl is happy to be the number 1 cheerleader and supporter for her husband, Tom who is a candidate for the Permanent Diaconate in the Diocese of Kalamazoo. They are so grateful for the opportunity to grow together in this process. Sheryl’s day job is serving her community as the principal for St. Therese Catholic School in Wayland, Michigan. Since every time she thinks she gets life all figured out, she realizes just how far she has to go, St. Rita of Cascia is her go-to Saint for intercession and help. Home includes Carlyn, a very, very goofy Golden Retriever and Lucy, our not-so-little rescue puppy. 

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